
La importancia del reconocimiento en la formación ética de la sociedad
Christian Slater E.
Señor Director:
Las sociedades no solo deben corregir errores, sino también dar señales claras: reconocer y destacar a quienes cumplen con su deber —como ciudadanos y servidores públicos— no es un gesto, es una necesidad. En ellos reside el ejemplo que sostiene y orienta nuestra vida común.
Recientemente, hemos sido testigos de varios hechos que, más allá de su impacto inmediato, reflejan una constante silenciosa que pocas veces se aborda. El llamado "caso fundaciones", que comenzó en Antofagasta y se extendió a nivel nacional, no solo reveló malas prácticas administrativas, sino que ha conducido a investigaciones por uso indebido de recursos públicos, con implicaciones criminales. Sin embargo, lo que a menudo pasa desapercibido es que antes de que este escándalo estallara, existieron quienes, desde dentro del sistema, denunciaron lo que estaba ocurriendo, y luego fueron relegados del relato.
En Calama, en un establecimiento educacional, una inspectora —asistente de la educación— intervino para contener una situación de violencia, cumpliendo con su deber, sin un juramento formal ni uniforme. Era una ciudadana común que decidió actuar, y su intervención fue crucial para evitar que el agresor continuara su ataque, dirigido a niños de enseñanza básica. Su valentía le costó la vida, y aunque otros lograron reducir al agresor, el énfasis quedó en la tragedia y no en el acto heroico que la precedió.
Otro caso relevante ocurrió en la Universidad Austral de Chile, donde la ministra Ximena Lincolao fue agredida por manifestantes. Su resguardo se debió a la intervención de integrantes de la Policía de Investigaciones y de la Armada, quienes asumieron la responsabilidad de protegerla. Este acto fue finalmente reconocido por la autoridad, introduciendo una señal necesaria en cuanto a valorar el cumplimiento del deber.
Ambos casos, aunque distintos, comparten un patrón común: la existencia de personas que actúan correctamente, que cumplen con su deber y asumen responsabilidad, pero que generalmente quedan fuera del foco público. La preocupación por quienes sufren es legítima, sin embargo, el problema surge cuando esta mirada excluye las conductas que previenen el daño.
Es importante distinguir dos fenómenos interrelacionados. Por un lado, una sociedad que visibiliza el incumplimiento y la transgresión; por otro, una que omite a quienes cumplen con su deber, debilitando el mensaje positivo que se transmite. El problema no está en mostrar lo que falla, sino en dejar fuera de la vista lo que funciona. Al solo exponer la falta, se socava el referente ético en el que se forman las personas.
Desde una perspectiva ética, esta situación es crítica. La tradición clásica, ejemplificada por Aristóteles, sostiene que la virtud se cultiva mediante el reconocimiento de conductas a imitar. Por otro lado, Immanuel Kant enfatiza que el deber trasciende la conveniencia y depende de una convicción racional de actuar correctamente. Si la sociedad deja de visibilizar el cumplimiento, también pierde la oportunidad de educar en la virtud y debilita la noción misma de deber.
Este desequilibrio subraya una deficiencia en la formación ética de la sociedad. La ética no se reduce a normas, sino que se construye en la práctica y en el ejemplo continuo de comportamientos valorables, y no depende exclusivamente de la profesión, sino de la formación de cada individuo. No importa si se trata de un profesor, un médico o cualquier trabajador esencial; lo que está en juego es la capacidad de actuar correctamente en ausencia de supervisión.
La ética se enseña y se aprende, en la familia y en la vida cotidiana. Sin embargo, esta formación necesita ser reforzada deliberadamente en espacios educativos y en la vida pública. Una sociedad que no cultiva el carácter ni destaca el cumplimiento será incapaz de sostener el orden necesario para convivir.
Sumado a esto, la irrupción de la inteligencia artificial ha simplificado procesos, lo que puede incentivar el uso de atajos en vez de fomentar el pensamiento crítico. Abandonar este proceso implica una resignación ante la formación del criterio, y sin criterio, el cumplimiento se reduce a una mera opción.
Por ello, el reconocimiento a quienes actúan correctamente no es un acto accesorio, sino una señal cultural que define los referentes sobre los cuales se fundamenta la vida en común. El desafío no es solo ayudar a quienes lo necesitan, sino equilibrar la visión, corrigiendo daños y fortaleciendo conductas que previenen su aparición. Recordemos que una sociedad no se construye solo desde la reacción ante el error, sino también desde la activa valoración del cumplimiento. Cuando el cumplimiento pierde su valor, no solo se debilita el reconocimiento hacia aquellos que actúan bien, sino que se erosionan los fundamentos mismos que sostienen nuestra convivencia social.
Christian Slater E.
De mis apuntes de formación ética universitaria.



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